“PREFIERO LLENARME EL CORAZÓN ANTES QUE HACER ALGO QUE ME DÉ PLATA Y SENTIRME VACÍA”

Katerina D’Onofrio, elegida Mejor Actriz en el Festival Internacional de Cine de Punta del Este por su papel en La última tarde, nos habla de sus inicios en la actuación, de sus proyectos más cercanos y de cómo la meditación le ha enseñado a armonizar su vida y su trabajo.

 

Katerina, ¿después de cuánto tiempo vuelves al teatro?

En realidad, el teatro es lo que más hago. El año pasado hice Reglas para vivir, Hamlet en el Británico, y ahora estamos presentando Infortunio en el Teatro de Lucía.

Entonces, te has mantenido en las tablas…

Si no es una obra, son dos al año, o tres. Este año vamos a reponer El sistema solar, esta obra escrita y dirigida por Mariana de Althaus, en Campo Abierto, una de las mejores obras en las que he estado, y estaré en otra a mediados del 2018, con Daniel Amaru Silva y Rodrigo Chávez, los chicos de Soma Teatro, que están haciendo cosas buenísimas. El teatro es continuo.

Una vez dijiste que en el cine hay más complicidad, porque se notan los susurros

He tenido mucha suerte, y agradezco haber estado en varias películas, me encantarían más. Con el cine tienes ese nivel de complicidad, de detalle, de susurro, que a veces el teatro no da cabida pues tienes que ser más grandilocuente, no hay un plano de detalle. Con la cámara puedes jugar un montón, puedes ver en una mirada, en un detalle, en un brillo en el ojo, la respuesta de un personaje a otro; en el teatro estás siempre en plano general, y tú como espectador eliges qué mirar. El cine te mete hasta dentro de la mente de un personaje, es riquísimo. Personalmente, me gusta mucho la actuación naturalista.

Has estado en teatro constantemente, me parece que debutaste en el año 2003 en una obra dirigida por Javier Echevarría…

¡Asu!, Ángeles… ¡No!, hubo una antes… ya no me acuerdo (risas). Ángeles fue un musical, y a mí los musicales no me convencían mucho. La obra que hice antes de Ángeles fue una que dirigió Malcolm Malca cuando él estaba en la Católica, la presentamos en Yuyachkani, fue una locura, ahí pisé un escenario ya con público de verdad, antes había hecho cositas pequeñas en el colegio, y luego ya una obra profesional fue la que hice con Attilia Boschetti, y la dirigió su esposo, se llamó El misterio del ramo de rosas.

¿Es cierto que la primera vez que actuaste fue en la sala de tu casa?

Ja, ja, ja, claro, había visto un programa en televisión y lo quise imitar, y cuando mis papás llegaron, los senté y me hice como tres personajes. Era un poquito las ganas de querer que te tomen atención, (risas)… no podían hacer nada mis papás, tenían que estar ahí sentados viéndome. Fue una cosa tirada para la comedia, nunca quise entrar en nada dramático ni mucho menos. Mis viejos son los que más se acuerdan de ese momento.

¿Era un programa infantil?

Era la imitación de un programa cómico, yo entrevistaba a una señora, “la reina de la papa”, y luego hacía de la entrevistada, creo que desde un principio nunca estuve tranquila con hacer una sola cosa. Tenía un tío que le gustaba que hagamos sketch y nos filmaba con mis hermanos y primos, pero la que realmente disfrutaba era yo, tenía nueve años. Nunca tenía en la cabeza el querer ser actriz, incluso salí del colegio y estudié fotografía, me gustaba la literatura, llevé cerámica, pintura, danza, junto a la carrera de fotografía, que la dejé porque me fui a Europa, y al regresar ya quería hacer otra cosa. Siempre estaba inquieta por absorber de todo. Estudié Humanidades en la Antonio Ruíz de Montoya, y de ahí Literatura en la Católica, estuve dos ciclos nomás y ya me quería ir, ja, ja, ja… Pasé por la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación y me inscribí en Audiovisuales, cursos como Teoría del Cine me llamaron la atención muchísimo, y ¡pum!, me metí… Al año y medio, (risas)… dije: “¡No quiero estar detrás de cámaras, quiero estar al frente!”; había hecho un par de ejercicios de actuación para unos compañeros y otra vez sentía que disfrutaba como chibola, tanto así, que yo no lo podía ver como un trabajo, para mí la actuación tenía que ser un hobby, un pasatiempo, no podía creer que la palabra “trabajo”, que para mí era símil de cansancio, de aburrimiento, fuese tan de puta madre, tan bonito. Mi profesor de dramaturgia de ese entonces me dijo: “Tú deberías meterte a Artes Escénicas, estoy seguro que ahí vas a disfrutar más”, y le hice caso.

Y te metiste en Artes Escénicas…

Sí. Llevábamos dirección, producción y actuación que, como me gustó mucho, me metí al taller de Roberto Ángeles. Luego tuve profesores como Ísola, Teresa Ralli, Bertha Pancorvo, he llevado talleres con Alejandra Guerra, que es una superactriz, que tiene técnicas de Lecoq, porque Roberto Ángeles es más de Stanislavski; llevé cursos con Lumerman que es un argentino que es un capazo también y ya va viniendo varias veces acá, y con Débora Astrosky, que es una argentina que tiene el método TIA. No soy una actriz de un solo método, los personajes tienen que abordarse de manera distinta, cada proyecto es un proceso, mientras más te empapes de muchas cosas como actor, vas a generar en ti muchas emociones, eso me ayuda muchísimo para abordar a mis personajes.

Cuéntanos de Infortunio

Yo había decidido (aunque nunca lo logro) que el drama no me marque tanto. A mí me gusta mucho la comedia; sin embargo, me llaman mucho para hacer drama, (risas). Pero esta es una obra escrita por Gino Luque, y él me parece un superdramaturgo; yo ya había leído unas cuantas de él pero Los número seis fue la que me flipó. Gino tiene un universo muy particular, medio tarantinesco, como si te metieses en un engranaje de entrañas donde prima el color sangre, son obras muy intensas, de emociones muy exacerbadas. Yo sabía que podía sufrir, porque a veces uno como actor se entrega a procesos muy intensos, pero tenía la oportunidad de hacer una obra de Gino Luque, y él iba a estar en el proceso, y me iba a dirigir Micky Page, con el que nunca había trabajado. Me gustan las cosas son nuevas y los retos. Infortunio es una adaptación de una ópera wagneriana llamada Tristán e Isolda, una tragedia sobre dos amantes que no pueden salir de esa cosa loopística, ese engranaje emocional, se dejan llevar por la pasión, y cada uno está con sus respectivas parejas, pero no pueden estar el uno sin el otro; yo la llamaría “La terquedad de los amantes”. Abordar ese personaje es intenso, y además no salimos de escena, la hora y cuarenta estamos ahí, sales cargadísimo.

Tu personaje se llama Amaia…

Amaia es la pareja de Markel, que es el personaje que hace Sebastián Monteghirfo, y el amante de Amaia vendría a ser Iker, interpretado por Eduardo Camino, el cual a su vez tiene su pareja que se llama Ainoa, encarnada por Karina Jordán. Son adultos que se comportan como adolescentes y desbordan sus pasiones de una manera extravagante. Yo me pongo en el supuesto de actuar así en la vida cotidiana y no la hago. Creo que cada personaje te hace ver cosas, te enseña, definitivamente.

Katerina y Eduardo Camino son Amaia e Iker en Infortunio (fotografía de Mario Colán)

 

En una entrevista dijiste que tratas de no mostrar tu vida en público para no quitarle misterio a tu personaje…

Sí, lo que quería decir es que, si mi trabajo ya es público, prefiero que mi vida no lo sea tanto, y el misterio que le puedes quitar es a tus personajes, en general. Hay gente que lo maneja muy bien, ¿no? Nunca antes en mi vida he dado tantas entrevistas como este año.

¿A partir del premio a Mejor Actriz en el Festival de Punta del Este?

Creo que sí, qué sé yo… Pero, una cosa es conceder una entrevista, y otra cosa es estar constantemente exponiéndote. Yo hablo sobre mi trabajo, trato de que las cosas personales y privadas sean mías. A veces veo que un actor se publica mucho y hay mucho a su alrededor y lo veo a cada rato y, de pronto, cuando lo veo en un personaje, junto todas las cosas que he visto de él antes…

Algunos lo utilizan…

A mí me parece que le resta misterio. Me encanta cuando los actores me sorprenden en escena, a veces no ves a un actor por un tiempo, y de pronto, ¡pam!, lo ves en una obra muy potente, y ves que ha estado trabajando en silencio. Ahora con toda la onda de las redes sociales es bien loco, porque uno también se tiene que promocionar, pero trato de mantener mi vida privada en bajo perfil.

¿Te han llegado a preguntar cosas privadas?

No, porque… yo puedo hablar pero, ¿para qué? Una vez una periodista me dijo: “Voy a escudriñarte”, ja, ja, ja, “vamos a hablar de lo que nadie ha hablado”, para eso hablo con mis amigas, o mi vieja, que es mi mejor amiga, entonces dije: “Mmm… ¿y de ahí lo publicas?, no, no, no creo que sea buena idea”, (risas). Creo que hay que tener confianza y mucha empatía con la otra persona, a no ser que yo me sienta muy suelta, ¿no?; además, podría estar involucrando a gente que no quiere que hable de ellos. Ella me preguntaba de mis viejos, mi crianza, y yo ya hablé de eso varias veces: he vivido en Chaclacayo de chiquilla, hasta los 13 o 14, luego vine a Lima, he viajado. No me metería a hablar de mis ex parejas porque eso ya pasó e involucraría a personas que quizá no quieren ser involucradas. Yo hablo a partir de mi chamba y cosas personales que puedan haber alimentado a mi chamba, y viceversa.

Un actor se alimenta de todo

Totalmente, y mientras más sincero seas con tus personajes, también estás hablando de ti, y eso es lo que le dije a otro periodista que me entrevistó y no me entendió muy bien, y publicó algo que no era, y no es justo pues, ni para el periodista ni para mí.

Ni para el público que quiere saber la verdad

Yo no me considero… ¡vamos!, somos personajes en este gran teatro que es la vida, podríamos irnos así por esa metáfora pero… Y eso no ha sido nada, realmente a mí me ha pasado que me han tergiversado cosas, y tuve una época en que no quería hablar con nadie, porque se entendió muy mal lo que dije, lo publicaron en una revista que, no voy a decir el nombre, además porque ya no está, muy clasista, muy racista, y fue un comentario que se leía a brote un racismo fuerte; y lloré, hablé con la tipa, le dije: “¿Cómo se te ocurre?”, “¡No!, ¡fue la edición, es el editor!”, me dijo. Me parece muy importante que cada vez seamos menos racistas, menos sexistas, clasistas.

Por ahí leí que quieres dirigir

Dirigir, lo voy a hacer de todas maneras… Uy, ahí está el perro, me ha venido a buscar, es el primer perro que me ataca, ahora me quiere pedir disculpas.

 

Un perro blanco, grande, de pelo pegado, aparece, es el mismo que asustó a Katerina mientras me esperaba en la cafetería en la cual nos encontramos… Y se va olisqueando las plantas de las macetas cercanas, ignorándonos.

 

¿Tienes mascotas?

Mi hermano tiene un perro. De más grandecita me encantaría tener un lugar en el campo, con muchísimos animales, me gustan muchísimo, los perros me parecen geniales, este no sé por qué me tiró mala onda, (risas). Son lindos los animales, tienen una energía muy peculiar, y te calman.

Supe que para tu personaje en Infortunio te inspiraste en un animal

A eso me refiero con experimentar varias cosas y estar muy abierto, muy permeable a tu entorno, sobre todo en el proceso de crear un personaje. En el lugar donde ensayábamos había dos gatos que eran de la casa; yo, al inicio, estaba preocupada porque tenía un montón de texto por aprender, requería mucha concentración, y estaban estos gatos dando vueltas y yo los tenía y los tenía y los tenía ahí, y creo que era la única que quería que estén ahí dentro. Cuando pasamos al teatro unas semanas antes del estreno, me di cuenta de la falta de los gatos. La corporalidad que tenían, la manera cómo miraban, la forma cómo huían de ciertos momentos tensos, o se engreían y se acurrucaban, todo eso comenzó, en su ausencia, a hacerse más presente. Fue loco porque mi personaje en la obra es salvaje, y todos los personajes son muy pasionales, viscerales, instintivos, matan para sobrevivir, comen, se aparean. Comencé a adaptar la cosa felina a las características físicas de Amaia, ¡y me ayudó un montón!, y ahí “cerré” el personaje, aunque los personajes, en teatro sobre todo, con tantas funciones, vas descubriendo más cosas, no es que los cierras completamente, pero me ayudó a cuajar. Tenía las acciones más claras, tenía el texto, intuitivamente había comenzado a abordar lo que requería la historia, pero había como un hueco que tenía que llenarse, y se llenó, con el par de gatos, (risas), ¡con la ausencia de los gatos!

En tu familia hay más actrices, ¿no?

Denisse Dibós es mi tía. Cuando yo empezaba ella estudiaba en Estados Unidos. Yo la aprecio muchísimo, es un ejemplo de ahínco, esta mujer no ha parado desde regresó, y los espectáculos que han hecho en Preludio han sido cada vez de mayor nivel. Aparte, mi papá que es artista plástico, mi mamá también estuvo metida en las artes, ahora en producción, tengo un hermano mayor que es productor de teatro, el que le sigue es chef, y el último también es artista plástico como mi papá. El arte vibraba en la casa, por eso para mí lo artístico era normal, era lo que giraba en mi entorno. Mis viejos me apoyaron siempre, porque mi papá que en un época pintaba y luego tenía que ir a trabajar con saco y corbata, cuando era uno de los hippies más locos de Lima; él ha apoyado mucho mi parte artística porque también ha sufrido esta cosa de tener que hacer un tipo de trabajo que te dé más ingresos cuando tu pasión te llama a otra cosa; por ese lado sí agradezco, no es que viva rodeada de lujos, y tampoco es mi ideal, si bien el teatro o el cine no te llenan de esos lujos, yo prefiero llenarme el corazón a estar chambeando en cosas… esa es una cosa muy personal, que te dé un huevo de plata y te sientas vacío.

La actuación es tu vida

A mí me gusta muchísimo, y estoy en vías de, al fin, concretar proyectos para dirigir.

¿Ya tienes algo?

Sí, pero no puedo decir nada aún.

¿Es cierto que Claudia Dammert también es tu tía?

¡Ah, claro!, Claudia es prima de mi mamá. Es una mujer con una trayectoria bien grande, y la siento bien cercana, por su manera de ser, es lo máximo, es una mujer estupenda, es completa, y tiene una energía muy intensa, muy linda.

Hablando de energía, tú manejas moto, te gusta la velocidad, la adrenalina…

A veces me he sorprendido manejando a gran velocidad, aunque no tanta, porque mi moto es una especie de Vespa, pero también me he mandado mis buenos sustos.

Vi una fotografía en tu Facebook en la que se te ve parada en el borde de…

¡Oh, por Dios!, eso fue una locura, fue cuando tenía 18 años. Era mi afán de llamar la atención. Yo estudiaba fotografía, y la tarea era tomar una foto de tensión, entonces le dije a Beatriz Velarde, que estudiaba conmigo y ahora es una superfotógrafa: “¡Ya sé!, ¡me trepo!”, (risas). Bien cojuda, bien inconsciente, ¿no? Me subí a la baranda de un puente de la Vía Expresa, levanté un pie para estar más o menos en equilibrio y me tomó la foto, y luego la expuso y todo, se ha dado la vuelta a otros países mi fotito. Sí, a veces he estado un tanto al límite, pero, Dios mío, prefiero que los límites, los desbordes, sean en la escena y no en la vida.

Como dijiste alguna vez, hablando de la meditación: “El drama para el teatro”

La meditación me ayuda a observarme a mí misma. Esa capacidad de observación te hace ser mucho más objetivo y estar mucho más tranquilo con tus cosas. A veces yo me observo como la Katerina que está en el teatro del mundo y digo: “¿Para qué te haces tantas bolas?”. Por eso, el drama, para el teatro.

¿El premio a mejor actriz te ha cambiado la vida?

Más que el premio es que han visto la película, hemos tenido muy buena acogida esas seis semanas que estuvo La última tarde. En el tráiler sale el premio a mejor actor de Lucho Cáceres, pero luego hemos ganado mejor director y actriz, entonces yo dije: “¡Joel, tienes que meter como sea nuestros laureles!”, (risas). A veces es el ego, pero, realmente es buenísimo que veas cuatro premios que se ha llevado, cinco en realidad: el premio del público peruano, Lucho Cáceres como mejor actor, yo como actriz, Joel como director, y el Premio de la juventud en Valladolid, España. El tráiler tiene que tener esos cinco premios para que en cada festival que lo sigamos mandando se llene de eso.

Hablabas del ego…

¿El ego del actor?, habría una enciclopedia, una biblioteca de eso.

Una vez declaraste, en la época de El sistema solar, que a veces uno se cree el centro del universo

Sí, esa obra llegó como un rayo que me partió en 20…

¿Por qué?

Mi personaje, Edurme, está tan metida en sí, tan ensimismada, y sufre justamente por eso. Si bien yo no tenía esas cosas tan extremas como ella, sí he llevado rencores, cosas en el interior que no servían, y que cada vez he ido depurando. Este personaje es una chica con problemas, y no ve más allá de ella, no ve que su papá y su hermano la pasan mal, la familia está cayéndose a pedazos y ella solo ve que es ella la que está sufriendo. Mariana de Althaus maneja los textos impecablemente, te remecen, no había forma de que yo no me observe a mí misma diciendo ciertos textos del personaje. Edurme culpaba a su papá de la falta de cariño, se sentía muy sola, y bueno pues, si no tuviste mucho cariño del otro, no esperes, deja de tener expectativas, deja de pensar que las otras personas tienen que llenarte a ti, porque eso lo único que va a hacer es crear más vacío. En esa época fue que entré en la meditación, que lo que hacía era llenar esos vacíos emocionales, dependientes de otro ser humano. La meditación te llena de una energía supra, macro, divina, te calma, te hace decir: “No dependo de las cosas terrenales, no dependo de tener una cantidad inmensa de dinero, de tener fama por doquier”. Hay personas que se abocan muchísimo a la pareja y dependen de eso, o a los hijos. Con la meditación tienes algo dentro muy fuerte que te sostiene, está conectado con algo macro. Los procesos de acercamiento a personajes me hacen verme, y la meditación también, y creo que he tenido mucha suerte de poder linkear esas dos cosas, y de ahí salía esa frase: “El drama para el teatro”.

Hablemos de cine… te vi en el tráiler de La hora final

Está buenísimo el tráiler, te pone, es una película con mucha acción. Mi personaje es la ex pareja del personaje de Pietro Sibille, él y Nidia Bermejo son los protagónicos, dos agentes del GEIN. Mi personaje obstaculiza el devenir del personaje de Pietro, quien tiene que resolver un tema muy fuerte, que es la captura de Abimael Guzmán, y a la vez él quiere reconciliarse con el hijo que tienen en común, pero ella, mi personaje, lo que quiere es largarse de Lima porque ve que se expone a una ciudad muy violenta y muy insegura. Fue paja porque no había tenido la oportunidad de ser dirigida por Eduardo Mendoza, y con Pietro hace 12 años no hacíamos una escena juntos, desde La gran sangre. Fue un rodaje bien bacán.

La gran sangre fue tu primer trabajo en televisión, ¿cómo llegaste ahí?

Hice un casting, con Emilram Cossio, y se lo presentó al Chino Miyashiro. Fue una experiencia buenísima, además era escrita por el Chino y dirigida por Jorge Carmona, que es un director buenazo, nos matábamos de la risa, fue una serie bien fuera de lo común, mezcla con cómic.

¿Qué fue lo último que hiciste en televisión?

Mi amor el wachimán, imagínate, lo opuesto a Venus en La gran sangre, la Venus era una bandida, y esta era una policía, (risas).

Pero tú no ves televisión

Sí, no veo, pero, ¡vamos!, no es que vaya a negar la chamba, ¿no?

¿Te han propuesto algo?

Ahorita no, estoy como que descansando de la tele. Siempre preguntan qué prefiero. El cine me parece hermoso, y el teatro también me acoge un montón. Lo que pasa con la tele es que tiene un ritmo muy fuerte, muy acelerado, que creo que a nadie le gusta mucho, pero igual, es un trabajo.

¿Sientes que estás en el pico de tu carrera?

No sé si pico, pero es un momento bacán. Ganar un premio en el cine, y en un protagónico, ha sido muy emocionante, pero ha sido en base al esfuerzo. No puedo dormirme en los laureles, siempre seguiré esforzándome, no quiero ni siquiera pensar que es un momento pico, yo creo que la vida sube y baja. En un par de semanas voy a entrar a un taller con Débora Astrosky, y así, sigo nutriéndome. No siento que, al haber terminado una carrera o un taller de formación actoral, ya estoy formada como actriz.

¿En el cine se viene algo más?

Se estrena Me haces bien, que es una película que hicimos el año pasado con Jesús Álvarez Betancourt y Ricky Núñez, se viene La hora final, y una propuesta en Argentina, con cuatro directoras peruanas que están tratando de rodar en distintos países: Cuba, Chile, Argentina y Perú, cada una va a hacer una historia, como Relatos salvajes, y yo feliz de grabar en Argentina.

Ya has estado en Guadalajara con Joel Calero cuando ganó el premio…

El mercado mexicano es grande, imagínate el argentino. A finales de agosto nos vamos a otro festival en Brasil con La última tarde, y en ese interín voy a grabar un… ¡ah!, pues sí, hay tele, claro, con July Naters, Pensión Soto, muy divertido, porque Tatiana Astengo me parece buenísima actriz. Regresar a la tele con July Naters será buenazo, y con comedia, que es algo con lo que me siento muy cómoda.

 

 

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Giancarlo Tejeda Written by:

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